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Tu hijo y su temperamento: lo que nadie te explicó sobre las glándulas, las hormonas y el carácter

Actualizado: 8 mar

Cuando nace un hijo, naces tú también como madre. Y aunque prepares la habitación con cuidado, leas libros de crianza y escuches consejos, hay una verdad que a veces olvidamos: no tienes ni idea de cómo va a ser tu hijo. No sabes qué carácter tendrá, qué le motivará ni cómo reaccionará frente a los retos de la vida.


El temperamento: la base biológica de la personalidad


El temperamento es la parte innata del carácter. No lo eliges tú, ni lo elige él: viene con él desde el nacimiento. Es como una huella digital emocional que lo hace único.


Algunos niños nacen tranquilos y observadores, otros inquietos y llenos de energía, otros sensibles y muy conectados con su entorno. No es mejor uno que otro. Simplemente, son diferentes maneras de estar en el mundo.


El temperamento tiene una base biológica: está ligado al sistema nervioso y a cómo su organismo procesa los estímulos. Por eso algunos niños parecen alterarse con facilidad y otros no; algunos se frustran rápido, otros perseveran más.


Pero aquí viene lo fascinante: el temperamento no está solo.


El papel oculto de las glándulas y las hormonas


Dentro del cuerpo de tu hijo hay un sistema silencioso pero poderoso: el sistema endocrino. Este sistema está formado por las glándulas que producen hormonas, esas sustancias químicas que influyen en su energía, su ánimo, su velocidad de reacción, su sueño y hasta su manera de relacionarse con los demás.


Cada niño tiene una glándula dominante que marca un “estilo” en su manera de ser. Esta glándula regula la producción hormonal y afecta directamente al temperamento.


Así, el temperamento (innato, biológico) y la glándula dominante (con su cascada hormonal) se entrelazan y crean lo que reconocemos como carácter: esa forma única de reaccionar ante la vida.


Tipos de glándulas dominantes y cómo influyen en tu hijo


Aunque todos tenemos todas las glándulas, siempre hay una que predomina. Te resumo las más relevantes en la infancia:

  1. Tiroides (energía y velocidad)

    • Niños activos, rápidos, que necesitan moverse constantemente.

    • Suelen hablar mucho, pensar a toda velocidad y aburrirse fácil.

    • Se frustran si se les frena demasiado.

  2. Suprarrenales (fuerza y reacción)

    • Tienen una energía explosiva.

    • Pueden reaccionar con rabietas intensas, pero también tienen gran capacidad de defenderse y luchar por lo que quieren.

    • Necesitan aprender a canalizar la intensidad.

  3. Timo (emocionalidad y sensibilidad)

    • Niños cariñosos, muy empáticos.

    • Perciben las emociones ajenas con facilidad.

    • Les afectan mucho los cambios de ambiente.

  4. Pituitaria o hipófisis (visión y control)

    • Niños observadores, estrategas, a veces muy perfeccionistas.

    • Les gusta organizar, tener todo bajo control.

    • Pueden ser rígidos si no aprenden flexibilidad.

  5. Gónadas (creatividad y socialización)

    • Se nota más en la adolescencia, pero desde pequeños muestran gran atracción por lo artístico, el juego en grupo, la creatividad.

    • Suelen ser expresivos y muy sociales.


Temperamento + glándula: una ecuación única

Imagina que tu hijo nace con un temperamento nervioso y, además, su glándula dominante es la tiroides. Seguramente será un niño inquieto, curioso, con una energía que parece no acabarse nunca.

En cambio, si otro niño nace con un temperamento más dócil y su glándula dominante es el timo, probablemente será un niño tranquilo, sensible y muy conectado con el cariño y las emociones.

La combinación es infinita. Y ahí está la clave: no puedes cambiar el temperamento ni la glándula dominante de tu hijo, pero sí puedes aprender a acompañarlos.


Cómo identificarlo en tu hijo

No necesitas un laboratorio ni una prueba médica. Basta con observar con calma:

  • ¿Cómo reacciona ante los cambios?

  • ¿Qué le da seguridad?

  • ¿Cómo responde al esfuerzo físico o mental?

  • ¿Qué necesita para calmarse?

Las pistas están en su día a día. Cuando te detienes a mirar sin juzgar, el cuerpo y las emociones de tu hijo te hablan.


La crianza respetuosa empieza aquí

Saber que tu hijo tiene un temperamento y una glándula dominante no significa encasillarlo, sino entenderlo mejor.

  • Si tu hijo es más nervioso, no es que sea “malo” o “caprichoso”: su sistema está diseñado así.

  • Si es sensible y llora con facilidad, no es “débil”: simplemente su timo está muy activo.

  • Si necesita moverse todo el tiempo, no es “desobediente”: su tiroides pide acción.

Cuando cambias la mirada, cambia tu manera de criar.


Lo que puedes hacer como madre

  1. Aceptar sin etiquetasEvita ponerle rótulos como “el rebelde”, “la llorona” o “el tranquilo”. Solo observa y acompaña.

  2. Ajustar el entornoSi tu hijo es sensible, reduce los ruidos o estímulos fuertes. Si es activo, dale espacios para moverse y expresarse.

  3. Cuidar la alimentación y los ritmosLas glándulas también se equilibran con una buena nutrición, descanso y rutinas.

  4. Educar desde el amor y la acciónRecuerda: el amor es imprescindible, pero también lo es actuar. No basta con comprenderlo, hay que darle herramientas para crecer en equilibrio.


El regalo escondido

Cuando entiendes que tu hijo es una combinación única de temperamento y glándulas, de biología y energía, de estímulos y reacciones, descubres un tesoro: cada niño viene con un manual invisible que se revela poco a poco, a través de tu atención consciente.

No se trata de que encaje en tu idea de cómo “debería ser”. Se trata de que tú aprendas a mirar quién es realmente.

Y cuando lo haces, cuando lo acompañas desde esa comprensión profunda, tu hijo florece. Y tú también.


Conclusión

No puedes elegir el temperamento de tu hijo ni su glándula dominante. Pero sí puedes elegir cómo mirarlo, cómo acompañarlo y cómo potenciar lo mejor de él.

Tu hijo no vino a ser la copia de nadie. Vino a mostrarte que la vida se expresa en mil formas distintas. Y tu tarea como madre no es cambiarlo, sino ayudarlo a desplegar lo que ya trae dentro.

Porque cuando acompañas a tu hijo desde la comprensión de su biología, su energía y su carácter, dejas de luchar contra él… y comienzas a caminar a su lado.



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